El pueblo que no quería ser gris
Había una vez un rey grande, en un país chiquito. En el país chiquito vivían hombres, mujeres y niños. Pero el rey nunca hablaba con ellos, solamente les ordenaba. Y como no hablaba con ellos, no sabía lo que querían, y lo que no querían; y si por casualidad alguna vez lo sabía, no le interesaba. El rey grande del país chiquito, ordenaba, solamente ordenaba; ordenaba esto, aquello y lo de más allá, que hablaran o que no hablaran, que hicieran así o que hiciera asá. Tantas órdenes dio, que un día no tuvo más cosas que ordenar. Entonces se encerró en su castillo y pensó, y pensó, hasta que decidió: “Ordenaré que todos pinten sus casas de gris”. Y todos pintaron sus casas de gris. Todos menos uno; uno que estaba sentado mirando el cielo, y vio pasar una paloma roja, azul y blanca. “¡Oh! ¡Qué linda!” dijo maravillado, “Pintaré mi casa de rojo, azul y blanco”. Y la pintó nomás. Cuando el rey miró desde su torre y vio entre las casas grises una roja, azul y blanca, se cayó de espalda...